Comunicación entre adolescentes y personas adultas

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Cómo mejorar la comunicación entre adolescentes y personas adultas

adolescentes

Javier Malagón, Profesor asociado de Comunicación en U. C. Madrid

La comunicación entre adolescentes y personas adultas

. . .es un tema sensible que en muchas familias y centros educativos se vive con preocupación; algunas veces porque se experimentan conflictos que no se sabe cómo resolver y otras porque las personas adultas de antemano temen el momento en que sus vástagos lleguen a la adolescencia y “comiencen los problemas”.

Como profesional de la comunicación educativa y de la mediación con frecuencia abordo estas inquietudes en charlas-coloquio, tanto con jóvenes como con madres, padres y profesorado y en ellas intento ofrecer algunos elementos de reflexión que contribuyan a ampliar la perspectiva sobre esta realidad.

Un punto de partida estimulante

. . .consiste en comprender la adolescencia desde una perspectiva biosocial, es decir, relacionando los cambios orgánicos, que son propios de la pubertad, con la adolescencia como construcción cultural que es distinta según las características de cada sociedad en distintas épocas.

La pubertad es un proceso biológico universal que comienza hacia los 10-11 años y suele terminar en torno a los 20-21. Los chicos y las chicas experimentan importantes cambios físicos que afectan, entre otros aspectos, a sus sistemas endocrino y nervioso, reestructurando profundamente sus cerebros. Sin embargo, la adolescencia es un periodo vital que varía culturalmente.

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Décadas atrás nuestros antepasados transitaban de la infancia a la edad adulta con rapidez,

. . .en cuanto cumplían catorce o quince años y se planteaban circunstancias como incorporarse a un empleo o, incluso, buscar marido. Para muchas personas la infancia terminaba incluso antes, en cuanto eran útiles para ayudar en las tareas domésticas, cuidar de miembros de la familia o colaborar en los negocios familiares. En las sociedades occidentales desarrolladas a partir de los años 50 del siglo XX fue ampliándose ese tiempo de vida intermedio entre la niñez y la edad adulta y se fueron configurando nuevas ideas acerca de qué cabía esperar de los y las jóvenes en esa etapa. A su vez, esas ideas fueron evolucionando hasta la actualidad en correlación con otros cambios económicos, sociológicos y culturales.

Por tanto, somos “cuerpo”

. . . .y como tal cuanto más sepamos de su funcionamiento en las diferentes etapas de la vida, mejor comprenderemos por qué actuamos como lo hacemos en la escena social y podemos ajustar convenientemente nuestras expectativas sobre las personas en cada etapa de la vida. Pero también conviene que nos pongamos de acuerdo acerca de cómo concebimos la adolescencia y qué es razonable en nuestra época exigir a las y los adolescentes teniendo en cuenta los cambios y tendencias de la sociedad.

Abundando en la perspectiva biosocial que planteo,

. . .los conocimientos que nos aportan la Genética y las Neurociencias ofrecen una nueva comprensión de la enorme flexibilidad biológica y cultural del ser humano, así como la estrecha relación entre estas dos dimensiones; y nos señalan la gran ventana de oportunidad que supone la adolescencia para reconducir e impulsar el desarrollo integral de la persona en esa etapa intermedia de la vida entre la niñez y la edad adulta.

En este sentido, deberíamos cambiar nuestra percepción de la adolescencia

. . .como “un periodo de grandes riesgos” para pasar a considerarla como un “periodo de grandes oportunidades”. Este simple cambio de perspectiva permite afrontar la relación con los y las jóvenes de un modo muy distinto, pasando de ver en ellos y ellas personas problemáticas a poner en ellos y ellas altas expectativas que son coherentes además con la evolución de sus organismos.

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Los nuevos conocimientos científicos

. . . nos impelen a cuestionarnos qué ideas tenemos acerca de las y los adolescentes y cuando deberíamos acordar socialmente que la adolescencia comienza y termina para dejar paso a la vida adulta. Algunos expertos señalan que esa cota debe establecerse a partir de los 10-13 años –adolescencia temprana- y la mayoría de edad, a los 18 años.

Lo que sí parece claro es que la adolescencia es, tanto desde un punto de vista biológico como cultural, un periodo de construcción de autonomía, responsabilidad y desarrollo de la capacidad para tomar decisiones, lo cual supone un cambio importante en las relaciones de interdependencia en el seno de la familia y también con otras personas adultas como las profesoras y los profesores.

La socialización de los y las adolescentes

. . .debería facilitar esa evolución en vez de obstaculizarla, como ahora sucede con frecuencia a causa de actitudes sobreprotectoras, de exceso de control o de sospecha permanente por parte de las personas adultas. No se debe confundir esto, desde luego, con la ausencia de límites, ni tampoco con la idea equivocada de que todo es negociable o, peor aún, que solo vale en última instancia la comprensión que el adolescente tenga de las normas sociales y familiares.

En Conclusión

Por tanto, conviene apreciar la adolescencia como un periodo de grandes oportunidades para el desarrollo integral de la persona en relación con su familia, con los centros educativos y con la sociedad y no sólo, ni principalmente, como una época de riesgos y conflictos “inevitables” que ya de por sí predisponen al efecto de “profecía autocumplida”. Esta perspectiva invita también a relativizar el conflicto entre padres/madres e hijos/as o entre profesorado y alumnos/as, no viéndolo necesariamente como una constatación de que algo va mal o de que se han cometido errores o de que haya fracasado la relación entre ellos/as; por el contrario, a veces -no siempre- los conflictos existen porque se están haciendo las cosas bien, pues los límites (y su dialéctica de adaptación-transformación) son imprescindibles tanto para construir la personalidad como para convivir en sociedad;

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Es importante en cualquier caso

. . .conceder importancia a la comunicación y, en especial, al “buen diálogo” como factor clave en varios sentidos: la formación del carácter, el desarrollo -dialógico- de la inteligencia, la prevención y gestión del conflicto y el fortalecimiento de las relaciones familiares y sociales. Por otra parte, debemos valorar el “efecto comunidad” para generar conexiones emocionales, mantener altas expectativas, establecer límites y motivar el aprendizaje de modo que, cuanto más se inscriba la familia en una comunidad educativa y ciudadana más amplia (comunidades de aprendizaje, ciudades educadoras…) que comparte valores, sueños colectivos y pautas de conducta, más fácil es prevenir y reconducir las dificultades que cada cual pueda experimentar según sus circunstancias.

By Javier Malagón, Profesor de Comunicación en UCM (Madrid) 

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Tomás Prieto
Servicios de Mediación Familiar, Social, Civil y Mercantil es un gabinete de Gestión de Conflictos que pretende consolidarse en Granada como uno de los primeros gabinetes multidisciplinares en Mediación. También en . y escribo El Mirador. Director de Contenidos en Logic Cost Abogados

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