El valor de la Mediación

by A Mediar News
1.219 visitas

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?

Blas Pascal

 

Ganar batallas y no sentirse reconfortado. Sentir que, por el contrario, parte de tu alma se ha roto, eso no es ganar una batalla.

Hoy en día se libran muchas batallas en los juzgados donde quedan  resueltas traduciéndose en compensaciones económicas, multas o repartos según datos “objetivos”. Olvidando el “alma” del cliente y ofreciendo muy poca satisfacción. Seguramente te vienen a la cabeza muchos ejemplos de frustración a pesar de haberse “impartido justicia”.

experincias de mediación

M. Luz Villarroya Catala, Mediadora

¿Qué es lo que está pasado entonces? Si ha decidido un juez, se ha aplicando la ley correctamente, ¿qué es lo que genera tanto malestar?. Pues que no se nos ha dado la importancia que merecemos.

El juez no puede dedicar el mismo mimo y cuidado que pondríamos nosotros en  resolver nuestro caso. Al juez le mostramos cuáles son nuestras posiciones: sacar los ojos al otro, desplumarle o hacerle pagar hasta el último céntimo, suelen estar en los diez primeros del ránquing. Nuestros intereses o necesidades: estar deseando mayor implicación en la educación de nuestros hijos, tener miedo a perder el poder en una empresa, escuchar una disculpa o un reconocimiento, éstos suelen quedar escondidos debajo del escudo que nos colocamos para protegernos.

La compensación económica no suple el desgaste emocional que supone enzarzarse en una batalla legal. Porque agota, emocional y físicamente. Un juicio se alarga en el tiempo más de lo que uno desearía. De repente se habla en un idioma que no se entiende  y no interesa entender, bastante tenemos ya con lo que tenemos.  Y, para colmo, de eso de la intimidad olvídate, porque no se sabe cómo pero al final todo el mundo se entera si has denunciado, te han denunciado o debes o te deben. Vamos, que lo de lavar los trapos sucios en casa de cada uno, ni pensarlo.

Frente a todo esto la mediación ofrece una alternativa mucho más atractiva y de gran valor.

La mediación es absolutamente confidencial. Y esto cuando se tiene un problema gordo, de ésos que te roban el sueño una noche y otra, que te impiden comer y te consumen físicamente; eso no tiene precio. Porque poder decir lo que uno realmente quiere con absoluta libertad siendo escuchado por el otro, muchas veces ese detalle, es el principio del fin.  En mediación se crea el ambiente adecuado para poder sacar a relucir todas esas cosas que en un juzgado difícilmente van a poder ser dichas. Para empezar, en un juicio los abogados “hablan por nosotros”, “negocian” por nuestros intereses y al hacerlo están ellos solos. Nosotros, que paradójicamente somos los principales interesados en la historia, no estamos delante. Además muchas veces por “no complicar más la cosa” o por “acabar cuanto antes” optamos por dejarles hacer a ver si así se termina pronto.

Pero además la mediación se hace a medida del cliente. En mediación el cliente se siente único y especial porque la solución no va a venir ya impuesta por alguien que no sabe nada de lo que le pasa. La solución va a ser diseñada por los protagonistas de la historia. De este modo el acuerdo al que se llegue tiene muchas más garantías de ser mantenido en el tiempo  y de ser cumplido por todas las partes implicadas.

Para mí el valor de la mediación no se puede traducir en números. Para mí se  traduce en bienestar. Se mide por el nivel de satisfacción que produce. Se refleja en  el grado de confort que ofrece a los mediados.

Me parece que los juzgados son esenciales pero también es esencial recordar que detrás de los problemas hay personas con fallos en su comunicación, con frustraciones acumuladas que se ven empujadas a acudir a un tercero porque no saben que existe otra manera de solucionar sus conflictos.

¿No te parece que saber solucionar los problemas de otra manera te haría más feliz?

Durante años he podido ver cómo las mismas situaciones podían ser vividas de manera radicalmente opuesta según fueran sus protagonistas. En cada uno de los casos siempre he visto “ganadores” y “vencidos”, emocionales.

En esos ejemplos he visto cómo parejas que crecieron juntas y compartieron décadas  de vida en común se separaron sin tan siquiera decirse realmente lo que sentían. Sin una despedida real. Sin tener la oportunidad de sentar las bases de una nueva relación. Optaron por la vía del desaparecer sin volver la vista atrás pensando que el tiempo pondría “las cosas en su sitio”. Evitaron todo contacto entre ellos cuando hubo tanto que compartieron. Olvidaron que las palabras ayudan a dibujar nuestro mapa interno de sentimientos.

Con el transcurso de los años muchos llegaron a la conclusión que si hubieran podido habrían elegido otro modo de hacer las cosas.

Pero  ¿de qué manera cuando no había opción?. En su momento hicieron lo que mejor supieron con los medios  que tenían a su alcance. Entonces nadie hablaba de mediación. Hoy  en día aún es difícil hacerlo. No resulta fácil ofrecerla  como una opción distinta en un momento vital complicado. Pero es que no estamos educados para ello. Estamos preparados para que, desde niños,  sea otro el que nos diga  cómo actuar. Ante una discusión los niños acuden al profesor o a los padres, los adultos se amenazan con un – ¡nos veremos delante de un juez!- . Padres, profesores o jueces imponen un resultado idéntico ante casos parecidos.

¡Y no somos parecidos! Somos distintos. Mi problema es total y absolutamente diferente al tuyo. No se pueden comparar, del mismo modo que tú y yo tampoco.

En mediación se permite hacer las cosas “a la manera de cada uno”. La flexibilidad permite adaptar las soluciones a las partes, donde la creatividad da paso a normas inventadas que se adaptan a la perfección a las distintas realidades.

Se trata de ayudar a gestionar emociones. De dar la oportunidad de decir lo que uno lleva dentro con la satisfacción que produce saber que el mensaje es recibido directamente por el destinatario. Vaciarse es reconfortante y hacerlo en un espacio diferente al habitual produce efectos sorprendentes.

Al final el problema no habrá cambiado, probablemente tengamos que acabar en un juzgado, no volveremos a ser amigos, pero lo que sí creo es que con la mediación se alivia la carga emocional, se protegen los intereses del cliente de una manera mucho más completa y la satisfacción de haberlo conseguido da valor a quien la ofrece y a quien acude a ella.

María Luz Villarroya Catala es licenciada en Derecho, Mediadora por la Universidad de Alcalá de Henares y por la Escuela Promediación de Alicante.

Twitter @mluzmediacion 

 

Gabinete de Mediación

@Tomasimedia

Entradas relacionadas

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.